La cuidad a las doce
I
Los árboles cerraron el cruce
así como en el camino
las voces se cortaron,
el aire de la plaza y los barrotes
los juncos y la herencia de la noche
el río, siempre el río
y su viento.
Habían mirado atrás los individuos
los años que vinieron a taparlos
los mismos mantos en hilachas
el frío en la ensenada y su polo.
Desgarra ver la maduración constante
El otro que se resiste en hileras
con sueltos ojos de cansancio
a dar su paso.
Tuve cientos de iluminaciones
los edificios arqueados, el peso
la geografía acostumbrada a la herrumbre
nosotros invadidos de días pasados
los años sin sustancia y sin tiempo
y sólo la constante caída
del manto lateral de los climas.
II
La flor que se abre en cada mañana
no es nuestra, ni su cómplice prisa
la metálica apariencia de reflejos
nos relega a un segundo,
mirada, flor y verso
que recogemos cada día
la silueta y los fondos del sueño
y el cielo que termina creciendo
se abarrota y rellena.
Pertenecemos a un relevo
y acostumbrados nos vemos
como especies de titanio
Nos juega un acontecimiento
ya nunca habrán amaneceres
tenemos otra prisa paralela
y más veloces nos vamos a correrlo
a las arboledas urbanas
y a los tristes gallos del conurbano.
III
Mientras esperábamos
la anécdota del atardecer
en un horizonte creciente
sucedió otra cosa
en medias, bipolares y celestes, tomamos
la tela transparente
de olores de la tierra
Me vieron
Los orígenes en sus ojos
que amaban en mi puerto y a la noche
el extraño torbellino
de parcelas de calma nocturna, se decían
que aquí yacía yo
congelado en una tarde
sin condición de revertir el fuego
en una plaza de rumbo apagado
se mataron salvajes
surgieron
las entrañas de la condición salvaje
los que somos y amamos por siempre
en un paraje eterno
y lo alimentamos de pequeñas ramas
con creencia
en que el fuego, que retorna
nos tomará para siempre
y volverá a alimentarnos en esas horas
que el tiempo ya tomó para su muerte.
IV
De cuanto la ciudad fue mía
quedará sin más una sombra
Una más que se mezclará en el andar.
Ya nadie volverá del mismo modo
y nada estará aquí para acortarnos, la espera
nos quedará el silencio cabalgando
la condición de andantes en letargo
prometimos que volveríamos diversos
y ya estamos aquí
de tarde y únicos.
Para todo lo que el tiempo quiso
fuimos ausentes.
Siempre agachados prometimos
un sueño paralelo
el suelo que nos acogió de malas
como haya sido, en su relámpago
nunca advirtió en las noches un resultado.
Estamos, y nos encontramos, en lo que fuimos
La espera amplia vimos en todos
la transparencia del lindero
se recorta sola y espera.
Nada tenemos, nos adoramos
y somos secuestrados
por la diversidad perpetua de cuerpos en el viento.
Nos evaporamos de noche
y recordamos nuestro paso en el tiempo.
V
La ciudad
regó a la noche y existió
por un compromiso solar
anduvimos sin poder.
Demolernos.
Cuando entre el sol y la sombra
La cornisa nos hizo fantasmas
Y la quieta posesión de todo
Dudó en fragmentar
fuimos hombres.
El mar nos dejó
Tan tarde e igual, la noche.
Inventamos la anécdota, la tarde, el día
no volvimos hacia el tiempo
que nos hacía.
VI
En lo profundo,
los aires y el viento
los momentos que el tiempo
decidía.
Habían islotes formados por árboles
Al mar se putrefactaban
Y al río deseaban
Yo quise una forma de enredadera
Me quise en un río y perdiendo
Las alas oscuras del viento.
El retorno a una forma primaria
Cuando las aguas en sudastada suben
y el remolino corta la noche
y los vapores del río
llegan.
En viento somos, viene
Un sur que distamos
Ocurre paciente la noche
Que nos releva.
Y el remolino tan próximo
Volvemos. A estar en la humedad temprana
Ya nadie nos corta las ramas
Y vemos al mundo deforme.







