
Vera Gottliebe Anna Gräfin von Lehndorff-Steinort Veruskha. Cortesía: Uno de los Nuestros http://www.enkil.org/
Inconexos.
Pretendo abrazarlo. Lo sostengo de sus sienes, observo su frente humedecida. Se refleja en ella el cielo, otros cielos, el aire ese que ya no respiro, que recuerdo de lejos, el trasvase y el penoso silencio. Un lustro en que nos vimos muy contadas veces. Y aún así nos observamos ahora, con escarcha de frío en los párpados y balsas de lejanía en las campanillas. Aprisiono las suelas al piso para que no nos caigamos. Me sostengo de las valijas. Observo las baldosas negras y el techo rabioso de la noche. Tropezamos en los nombres propios. Lo arrojo a que se adapte a la nueva altura. Quisiera decirle algo, pero le escupo en el pecho gusanos y lenguas minúsculas.
Siento que se abre una puerta. Es trasera, inferior, adormecida. El marco de madera es enorme, nadie vigila las almohadas del container. Los cobradores piden tickets. El coche está del otro lado del gran pino. Recuerdo que no hay bosque, ni preámbulo. Todo es horriblemente urbano. La enorme lámpara halógena y sus zumbidos. Cinco minutos de viaje hasta casa, que no bastan para descubrir el estorbo. Hace tiempo que había matado a la voz nueva de mi interior clarividente. Las coristas de cabeza azul y las monjas esbeltas del sueño. Meto los cambios, son cuatro y uno de reversa. Es usual que sienta que olvido lo básico. Apretar y acelerar, marcha. Encendido y apagado, luz trasera. En cinco años no toqué un volante. No fui mecánico ni observé de frente al sol. Me llevaron, a nado, al faldón del estuario. La ladilla de isla misteriosa que nadie conocía sino por tontas referencias. Lo mismo que nada.
Descubro que extraño algo que no estuvo escondido. Cuando amanecen los días me confundo. Lo traigo por la avenida del campanario. Quiero que vea la silueta de luces. Hay tantas montañas, es oculto el paisaje, la masa. No es lo mío, si no entiendo no me doy por aludido. Orinábamos en las terrazas y alimentábamos peces. Las piedras gravitatorias. Tampoco era lo mío.
Me llamaba al teléfono cada vez que presentaba en público a una de sus hijas. En las casas sin palco, sin luneta, butacas, platea, que fungían de refugios experimentales. No me porté ingenuo, estaba aburrido. No decía nada. Lo felicité siempre que pude, al margen del espanto. Nunca nos bebimos una mísera cerveza juntos. Habría vomitado en su alcoba. Nunca compartimos una novia. No besaba, no sabía hacerlo. Las transfusiones sólo yo las tutelaba. El orador, el proxeneta mínimo. Estancado, escondido en un teatro. Un lustro entero de desconexiones. Así que pasen cinco años. Nunca más tendría el resabio de holgado. El resfrío cósmico, sin cálculo, capaz de soportar el fantasma molesto de lo viejo.
Me hice irascible, estancado. Pero lo miraba con una paz que él no tenía. Soportar te vuelve enorme, conforme e invisible. Es de aquellos a los que les gusta que los ahoguen en las tinas de baño. Sin perfumes, jabones de rosa, azulejadas. Que chorree el agua y revienten de opacidad los espejos. Es infiel, está desnudo. Presencia una soledad, estuve invernando. Nunca amaría la condición de un camionero. La red en la fuente de sus ojos. Tuvo espléndidos cristales. Se nos reventó la juventud en paralelo, y ambos lo negamos callando. Viaja, viene. Le abro la puerta, que se desarma. El níquel del manubrio no me refleja. Me invalida la condición de ese encuentro. Proximidad nunca. Vacío. Entre los dos existieron estribos, que aprovecharon para montar los otros.
Una amistad incompleta. A ambos nos desarmaba la pintura. Me escribía, le respondía. Fuimos epistolarmente cristalinos. Yo también imaginaba, recorría riesgos. No tuve infraestructura. Atravesamos un puente. Ahora él no la tiene. Llegamos a una casa, que supongo es mía. Me abre un obsequio, se lo agradezco, duerme. Al otro día desayunamos. Lo llevo a mi galería. Aquí no existe el transporte público. La gente se comunica picándose. Algo es esférico. El riego, la gravedad, el centro. Por los parques los juegos, las autoferocidades. Sueña que pinta. Le digo: venite. No pretendo, no tengo un galpón, un cupón, sólo un garaje sin puerto.
Me transformé, perdí, al final casi nada. En ese lapso nos vimos pocas veces. Siempre fue anfitrión. No cocinaba, no bebía, no hacía nada para mi, nada de eso. Improbabilidades. Una vez me mostró la ciudad, con cierto orgullo desvestía la languidez del puerto. Juraba que era eléctrica. Yo sé que es triste. Recapacitaba. Ahora orina y escupe. Siempre reconocimos a los imbéciles por sus siluetas. Se puede abrazar, nunca fue próximo. No fuimos amigos. Intento inventar lo que debió ocurrir en cinco años. Es como fabricar un golem de falso tiempo. Piernas, brazos, dedos. Jamás corazón. Le falta cocido. Se hornea a temperatura media. Los hijos, sus hijos, mis dedos. Jamás una charla, es un siglo dentro de una baulera. Crueldad, sigilo. Definiciones que no bastan. Nunca hubo desobligo ni agotamiento. Al final hay reencuentro, pero ninguno de los dos somos, ni nos esperábamos.







