El sur es un territorio de cuchillos
Nunca rendí un final en ojotas. Dejé de pensar en las fórmulas que emplean los docentes para calcular el riesgo de clavarse profundo las dagas del status quo. Pobres de los alumnos que caen siempre de pie sobre los corredores de Puán, y les perdonan el despilfarro de tiempo a cambio de un papel certificado. Uno debe recibirse afectado, como quien no se recupera.
Mi vida está archivada sin junturas ni pertenencias. Me levanto, cada vez más lejos y más torpe. Me sorprende la enorme terquedad que me define. Mi pasado está arrojado en un depósito sin nombre. Nunca menciono las partes en movimiento. A veces me río de la sutileza con que una época nociva reemplaza a otra peor, como las capas en un texto.
Fui periodista judicial. Los políticos y magistrados se caían al abismo del descrédito y uno podía palpar el vértigo y escuchar desde el borde sus lamentaciones. Pasé varias jornadas de reportero en el edificio de la Corte Suprema de Justicia, con el gas lacrimógeno que ascendía desde las calles. Una tarde, subí a la terraza y escalé la base del pedestal de la antena de comunicaciones. Me puse a otear la ciudad, el enorme descampado y el cielo azul celeste. Pensé que merecía otra cosa.
A los pocos meses despegué. Aún tengo miedo a las alturas, pero también un deseo de flotar sin prisa. El mito de las estatuas de sal sigue jodiendo dentro de mi cabeza. No miro hacia atrás pero tampoco me escapo. Aceleré el paso para dejar de ser joven, y hoy, que casi llego a la frontera, me siento despojado y tranquilo, de la delgadez necesaria como para pasar por entre los cuchillos sin clavarme.
Todos mis romances fueron breves. Alguna vez expuse en una galería. En mi taller preparaba proyectos de arte poco concretables, que luego aparecían fraccionados en series, como el archivo que nunca organicé de mi existencia.
Los libros me afectaron en lo más íntimo. Pensar que uno es susceptible a bruñirse y adulterarse en el choque con el relato. El Hombre que lo tenía todo todo todo sigue atrapado dentro mío. Frágil e imantado, atrae objetos punzantes que chocan contra mi pecho cuando han querido impactar en contra suyo.
Hace unas semanas visité Costa Turbia. Me hospedé en un hostel de una planta con comedor y servicio de lavandería. La habitación daba al mar. El termotanque se parecía a un globo de medición climática pintado en esmalte naranja. A un costado del recibidor un mural hecho con restos de comida y huesos de pavo pretendía desviar la atención del área de la cocina.
Durante una de mis caminatas por la playa me encontré con un grupo de pescadores locales que bromeaban sobre algo insólito. Cuando me despedí me obsequiaron una fracción de la pesca del día. Al volver al hostel hice que lavaran el pescado, también parecido a un globo, y que lo prepararan para la cena. Aquellos hombres me conmovieron.
La muerte me parece sincera, la vida agotadora. El regreso al jardín, imposible, -Razonaba. En mi textos no hay escenarios, no hay lugares, los sitios se niegan los datos escasean, los personajes no explican. Las referencias son ecos que aluden a la ubicación de un fresno en la nada, sin que el árbol esté presente ni pueda vivir. Es la referencia y la especulación lo único importante que ocurre en un primer plano.
Detesto el costumbrismo, los espejos y las sombras. Amo a las mujeres viejas, robustas y empecinadas de los relatos de género. Son un verdadero triunfo de las letras norteamericanas. Francas e intransigentes se desvisten. Los hombres no refutan demasiado, y entienden que su lugar está en la esquina más mínima del deseo y del destino.
Mientras comía, pensé en el error de mis colegas: disparar entre la multitud para inventar la obviedad. Yo tengo una versión de todo esto que está invadida de otros motivos. No obstante, nunca pude contestarme. ¿Ser artista es acudir?. Siento que en la propia diversidad hay un orden de elementos que acuden y que a veces, muy sigilosamente, te contestan.
El echo es que al poco rato de ingerir aquel pescado con forma de globo comencé a sentir un terrible malestar en el estómago. Si me hiere es porque me sirve -Me consolé. Pero estaba enfermando en medio de la nada, sin nadie competente a quien acudir por ayuda. Podrá sonar pretencioso, pero siempre pensé que la literatura ocupaba un lugar parecido al del médico de guerra, equipado con poco y sin campamento, que lleva consigo la retaliación física.
Improvisé de la mejor manera posible un quirófano en una de las habitaciones del hostel. Acomodé varios cuchillos y los herví. Poco antes de absorberme en el gran dolor progresivo, me recosté sobre la camilla y comencé la intervención. Rara vez rasgué con el filo del bisturí un órgano jerárquico. Aunque sedado, pude observarme tendido y descubierto, en la amplitud de varias mesas individuales de níquel, que mantenían en equilibrio mis vasos comunicantes y filtraban mi sangre a través de innumerables esporas mecánicas hacia recipientes contenedores de helado.
Siempre fui inmune a cualquier tipo de anestesia. En el pasado me habría importado la separación. La hábil dislocación de mis órganos sin su desmembramiento, que me permitió identificar un patrón indistinto al de otros seres humanos, al que respondía la gravedad de mi padecimiento. Inmóvil y dispuesto a la voluntaria experimentación, me reía con la muda paciencia de un anciano. Había un principio básico: enfermé porque me alimenté.
Ausculté más en lo profundo y detecté un puerto. Una rara ciudad hecha de olvido y un río mar de color plata que la fustiga. Observé un verano adolescente en Birkenhead que creía extraviado. Estaba intacta mi última caída en la bicicleta de montaña, que marcó de modo extraño mi regreso a los libros.
Al cabo de unas horas de meter mano en mi propia fisonomía, descubrí una región transparente. Un islote que el delta aún no había consolidado. El reflejo del sol en el agua. La orilla bajo las sombras de los árboles. Sebastián, que en el borde del pantano extraía ramas y castañas para la fogata. El astrólogo Adler que encendía con torpeza las brasas. El pasto suave y fresco en el cual habíamos abandonado los zapatos. La arena de tono mostaza. Los brazos del río, que conducen al largo río; y su música.
El arroyo La Infancia de Troy, que separa el islote en dos linderos idénticos. La casa de madera con chimenea. Curioso e insólito desde mi punto de observación. Ana María terminó de dar de comer a los perros y caminó en mi dirección, pero antes se detuvo en uno de los árboles, se desvistió y se sentó a orinar entre las hierbas. Primero besó a Sebastián, luego me besó a mí, y yo se lo devolví con lengua. El Astrólogo sonrió mientras saló la carne y la arrojó a las brasas.
Mientras almorzamos, Adler narró la historia de Troy, que fue de todos sus perros el de mayor leyenda. Permaneció en la familia por más de noventa años, fue en sí mismo la historia no ficcionada del país. No murió de viejo, sino que al quedar ciego decidió por voluntad propia ir a lo profundo del río. El pequeño canal de agua fue bautizado así. La infancia de Troy debió durar, sin alterar los hechos, cerca de tres décadas.
Para cuando Adler abrió una botella de vino, el sol palideció y empezaron a llegar las multitudes, en lanchas, desde el Tigre. La intromisión ocurrió miles de grados lejos de las formas puras, pero en alegre coordinación. Cientos de jóvenes acudieron al islote para escuchar las palabras del Astrólogo. Se sentaron y especularon con nosotros. Los territorios de cruce, invisibles. Las ideas al viento como el viento en el viento y hacia el viento. La especulación como estrategia, y la referencia sesgada como solución discursiva al problema del territorio. El lenguaje despojado de sus límites y abierto, en la equilibrada contemplación de sus potencias.
FJS. ©. Fotografía del autor.
Retozo, originally uploaded by francis3000.









Genial. Además acabo de leer un relato de Henry James (“El altar de los muertos”), y tenés una sutileza parecida, una mezcla entre la pluma y el pincel muy eficaz.
Esto es, simplemente, maravilloso.
me sorprendiste y encantaste.
gracias.
Esto es, simplemente, maravilloso.
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