
Lo irreconciliable.
La necesidad surgió de la irrealización. Cuando lo imposible cercó la realidad y terminé por desmantelar las viejas y arraigadas expectativas que había levantado, con voluntad o torpeza. La retirada pasiva e introspectiva que uno asume cuando descubre que ese tramado ha hecho de nosotros menos carne del cálculo y más razón del azar.
Cuando uno insiste e insiste en hablar con seriedad y convencimiento sobre lo que no ocurrió, con un deseo testarudo de ingresar en la trama de las cosas, con una estrategia de lógica disolvente, para intentar desprender respuestas tangibles. Pienso en la desilusión de un niño que recibe del mar una botella con un mensaje coherente, que parece decir algo, pero que no puede entenderlo, y que recorre a la ayuda de terceros, también incapaces de descifrarlo. Algo que el tiempo no hace es respondernos. Y uno hace lo imposible por intentar acceder a un ordenamiento que no sea acorde al del escenario que tenemos al frente y al cual no podremos renunciar, que nos domina.
La suerte derrotada del frustrado dialoga en lo más íntimo, con ironía y paciencia. Hay mucho tiempo para imaginar cuando lo que se ha buscado con insistencia ya está fuera de juego y se ha fracturado definitivamente. Se nos ofrece un escenario de consuelo que se emparenta más con la idea de vacación y de recreo, con la promesa que uno concreta al volver. Regresar hacia adelante, hacia un costado, hacia un carril diferente. En tanto que las partes se sientan a charlar en una plaza abierta. Mitigar de alguna manera el misterio. Es la consolidación del derrotado. El juego de las posibilidades en virtud del consumo lento, del paso asimétrico del tiempo.
Imagino ahora mis expectativas, recuerdo la hechura de mis deseos íntimos, entre pasillos áridos y fríos. Recuerdo mi cuerpo como un organismo de cascarón endeble y temeroso, atrapado en la gruta, liberado al poco tiempo por la fuerza interna, el sosiego. El lugar que me interesa es el de lo irreconciliable, como punto de obligado cruce de los instintos. Pienso en el abrazo que no se recupera. En el domino, al menos ideario, de las formas. En la fuga y en las cosas que intentan el regreso, pero que no pueden chocar, y se condenan a una suerte de evasión infinita.
Fontenelle describió a la fábula como el relato de los errores de la humanidad. Yo me imagino siendo una de sus partes, en pleno despliegue. Acudir al llamado de los otros componentes, en una cadena de mando infalible y fogosa, como un motor de fábrica reciclado que ha vuelto a funcionar. Me alegro del error, de haberme equivocado. Amo Buenos Aires porque me representa la caída, el descubrimiento de las formas más puras, por medio de la risa y el juego, que no acaba, como ocurre con lo que se reconoce, que se confunde y estorba y al tiempo desaparece. Tropiezan y se agreden las heridas. Se atreven al silencio y se superan. Lo que es del misterio es irreconciliable.
(Ilustración: Terry Rodgers. Cortesía: Uno de los nuestros: www.enkil.wordpress.com)







