Hoy liberé el lastre. No experimenté miedo. Quise caer del borde al abismo, al territorio de la melancolía, sin pretender retornar al balance. Cuando la brisa me hizo devenir extraño, pero no ajeno ni ahogado, todos los sentimientos se afinaron. La aventura derivó en léxico, mapa y destino. El viaje está completado a medias, finalizado en parte, descubierto. Desaté el peso, y a medida que obtengo velocidad, grito una frase vacía y trono mis dedos seis veces, en virtud de obviar el saldo: tardó demasiado y salió mal.
Un grito siniestro en una plaza abierta, que agota el aire y ensordece. La proximidad del confín ya no me señala una promesa. No pesa más el mundillo de expectativas. Hoy dejé que las intuiciones reemplazaran lo concreto. Cuando la velocidad es una vía de escape el cerco de definiciones se desvanece y las circunstancias luchan en favor del desenlace.








