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Egil Paulsen. Meta Monks Series: Meta Monkey – 2008

Egil Paulsen Oslo, Noruega. Meta Monks Series: Meta Monkey – 2008. Cortesía: Enkil. Uno de los nuestros www.enkil.org

 

Balada a las balas de Julian Assange

Desperté mudo y era el final de las palabras

los mensajes en clave y la rendición del mundo sonoro

en la noche clara las estrellas decían, veían

los andamios y peldaños de la Vía Modelo,

alguien recogía las piedras de la Calle Apia

centenares de mensajes se estrellaban

contra la mañana recién alumbrada.

A alguien que habían apresado sin cercarlo. El conejo censurado

que daba por muertos a los principiantes; la academia de la incomodidad

la herencia en la faz del mensaje morse

los lazos de risa de quien se divierte de veras

lo miro a los ojos y algo se sucede

a todas las falencias orgánicas y sueños fracasados.

El sentido común agotado

se levanta cuando me cambio las medias y aún a medio despertar

imagino la gran broma

y estallo de risa en mi recámara.

La inconformidad sin materia es síntoma

las cosas mejor aventuradas al viento, versus el código

cada oscuro mensaje en la piedra

dolencia que hace que se levanten del delirio

y lo estrellen con la fuerza que aún conservan

en los dedos de canteros.

Quisiera

Kukula Israel. "Snail Mail"

Kukula, Tel Aviv, Israel. "Snail Mail" Cortesía: Uno de los nuestros. http://www.enkil.org

Quisiera


Cerrar los ojos

morir dos veces

fuera del cuerpo

llevar abierta la espina dorsal

brazos del medievo

y roncas rótulas para andar.

Aún no estaban los bollos para el horno

y a nadie queríamos asar.

Deseo un leopardo

que trepe condominios

una canaleta que sepa deglutir,

la jeta que me espere, las nalgas que se me abran

la juntura del tiempo.

El  valle de tizas

y el relleno basural.

Me quiero en ésta estancia

regué por dos semanas un musgo

endeble que no acaba de crecer

aún estaba verde cuando lo saqué

de una terraza en pleno sol

quizá soy su noche, su entierro lateral,

quisiera ser la debilidad

con que nos mata el simple andar.

No agoniza

Ai Ohkawara Japón, 1980. “Searching in the Dark -04″, cortesía: Uno de los nuestros: http://www.enkil.org

Ai Ohkawara Japón, 1980. “Searching in the Dark -04″, cortesía: Uno de los nuestros: http://www.enkil.org

No agoniza

No agoniza nuestro día

pequeño y de la forma en que recorrimos

la playa

entre el mar, las dunas y la cabaña,

apenas comienza

si bien es lejos y así nos acontece

una brisa

intermitente despertar.

Fuimos livianos,

por eso el presente es espuma.

No quiero que te vayas

que te posea el océano difunto

la tempestad que apenas se avista

y esos rasgos que se harán profundos,

apenas vemos la marea avanzar

nuevamente el tiempo es uno.

Y nos miramos

¿quién confunde el mar para olvidarnos?.

ese horizonte que bate su alegría

y abre la costa sin bordes,

sólo es el sur que nos recorre

cuando no hay más tiempo

y  nada

y la apariencia del sol y de la noche

siguen como fantasmas .

Te quiero allí y ahora

y no sé a qué tiempo aproximarme

si ambos mundos se separan.

No todo

l’occhio della stanchezza, año 2006 . Teatro Fotográfico, Roberto Kusterle. Italia, 1948

l’occhio della stanchezza, año 2006 . Teatro Fotográfico, Roberto Kusterle. Italia, 1948. Cortesía: Uno de los nuestros. www.enkil.org

No todo

No todo es clausura, sino la sombra iría

al estero.

y el color del río sería residuo,

sino las calles, los nidos, las cúpulas de sal

tendrían otro que persiguiese

pisar la tierra fría y devolverse, a dudar por qué

aún se prolonga.

Quizá la ilusión del puerto,

de estar próximos

en un aliento inexistente

que seca los ladrillos

y corta esas huellas para siempre.

La duda es la versión de estas cosas

nada más se extiende

de tal forma que ahora

amanece.

Lección del mar

Aprende

cada cosa que

sostiene vertical el limbo

los grandes pájaros del amanecer,

la explosión al término del canto,

la emoción al escalón del horizonte,

por eso cae

y pulsa

y llama a lo cercano.

Asoma a lo alto

no figura

desaparece.

La pesca

La flor despertaba

en el jardín de piedra

bajo tejados extraños.

La manada en el espacio,

¿qué memoria hacía

la nada de sus fragmentos?

Reverdecía la pobre hiedra

cada que avecinaba

un nuevo sol,

la erupción fluorescente

nunca en sí

el regreso a la noche.

Se abría para mirar

el espacio en ella.

En todo lo perdido

Si aún con los cuerpos

quemados a la intemperie

la materia desmoronada

en la cantera,

si todavía en la espera

los humos  ocultaran.

Podríamos despertar

del rigor del  fin,

si aún se perdieran

oblicuos sobre el ángel

los últimos del útero

del fuego.

Haríamos la suerte

del pájaro que tacha su escala.

Nunca regresaríamos.

La cuidad a las doce

I

Los árboles cerraron el cruce

así como en el camino

las voces se cortaron,

el aire de la plaza y los barrotes

los juncos y la herencia de la noche

el río, siempre el río

y su viento.

Habían mirado atrás los individuos

los años que vinieron a taparlos

los mismos mantos en hilachas

el frío en la ensenada y su polo.

Desgarra ver la maduración constante

El otro que se resiste en hileras

con sueltos ojos de cansancio

a dar su paso.

Tuve cientos de iluminaciones

los edificios arqueados, el peso

la geografía acostumbrada a la herrumbre

nosotros invadidos de días pasados

los años sin sustancia y sin tiempo

y sólo la constante caída

del manto lateral de los climas.

II

La flor que se abre en cada mañana

no es nuestra, ni su cómplice prisa

la metálica apariencia de reflejos

nos relega a un segundo,

mirada, flor y verso

que recogemos cada día

la silueta y los fondos del sueño

y el cielo que termina creciendo

se abarrota y rellena.

Pertenecemos a un relevo

y acostumbrados nos vemos

como especies de titanio

Nos juega un acontecimiento

ya nunca habrán amaneceres

tenemos otra prisa paralela

y más veloces nos vamos a correrlo

a las arboledas urbanas

y a los tristes gallos del conurbano.

III

Mientras esperábamos

la anécdota del atardecer

en un horizonte creciente

sucedió otra cosa

en medias, bipolares y celestes, tomamos

la tela transparente

de olores de la tierra

Me vieron

Los orígenes en sus ojos

que amaban en mi puerto y a la noche

el extraño torbellino

de parcelas de calma nocturna, se decían

que aquí yacía yo

congelado en una tarde

sin condición de revertir el fuego

en una plaza de rumbo apagado

se mataron salvajes

surgieron

las entrañas de la condición salvaje

los que somos y amamos por siempre

en un paraje eterno

y lo alimentamos de pequeñas ramas

con creencia

en que el fuego, que retorna

nos tomará para siempre

y volverá a alimentarnos en esas horas

que el tiempo ya tomó para su muerte.

IV

De cuanto la ciudad fue mía

quedará sin más una sombra

Una más que se mezclará en el andar.

Ya nadie volverá del mismo modo

y nada estará aquí para acortarnos, la espera

nos quedará el silencio cabalgando

la condición de andantes en letargo

prometimos que volveríamos diversos

y ya estamos aquí

de tarde y únicos.

Para todo lo que el tiempo quiso

fuimos ausentes.

Siempre agachados prometimos

un sueño paralelo

el suelo que nos acogió de malas

como haya sido, en su relámpago

nunca advirtió en las noches un resultado.

Estamos, y nos encontramos, en lo que fuimos

La espera amplia vimos en todos

la transparencia del lindero

se recorta sola y espera.

Nada tenemos, nos adoramos

y somos secuestrados

por la diversidad perpetua de cuerpos en el viento.

Nos evaporamos de noche

y recordamos nuestro paso en el tiempo.

V

La ciudad

regó a la noche y existió

por un compromiso solar

anduvimos sin poder.

Demolernos.

Cuando entre el sol y la sombra

La cornisa nos hizo fantasmas

Y la quieta posesión de todo

Dudó en fragmentar

fuimos hombres.

El mar nos dejó

Tan tarde e igual, la noche.

Inventamos la anécdota, la tarde, el día

no volvimos hacia el tiempo

que nos hacía.

VI

En lo profundo,

los aires y el viento

los momentos que el tiempo

decidía.

Habían islotes formados por árboles

Al mar se putrefactaban

Y al río deseaban

Yo quise una forma de enredadera

Me quise en un río y perdiendo

Las alas oscuras del viento.

El retorno a una forma primaria

Cuando las aguas en sudastada suben

y el remolino corta la noche

y los vapores del río

llegan.

En viento somos, viene

Un sur que distamos

Ocurre paciente la noche

Que nos releva.

Y el remolino tan próximo

Volvemos. A estar en la humedad temprana

Ya nadie nos corta las ramas

Y vemos al mundo deforme.

Ciudad pequeño espejo

ciudad espejo pequeño. 35x45. Francisco José Suárez

Puntos quedados sueltos

*

Fue pequeño de altura

en el invento del fuego,

los anillos volátiles

que brincan

de hocico a hocico

las solapas encantadas

en el sendero del sueño,

pierde la cerca móvil

a su bajo cielo.

*

Un follaje

en una vertiente

de lengüetas de pisadas

el puerto.

Caí de brazos y de noche

a la apertura del cielo de páramo

a los ángeles, aún por secarme.

Hallé en la cornisa decapitada

el último coletazo de brutalidad.

*

Si la repetición redunda en lo profundo

de la noche

y contestamos

a las preguntas,

jardín de luna creciente

veremos morir, luego creciendo,

a la inversa

a contramarcha

del pálido otro mundo

al adversario.

Negado tracto

los pastos te regresan

¿Por qué los senderos

Que se cruzaban

No se evitan

Al desgastarse

Ahora?.

*

Un mostrador seducido

Diamantes no se ven

Claros y atravesados por mosaicos

de luna insular,

la noche circular

en gotas de vidrio

baja la única piedra

cae

La sola hiedra que pendía perpendicular

Lastimada y rota en tus brazos.

*

No tenía entre mis piernas

cuenco y mujer, ahora

Y decapitado y roto

araba en las mejillas a la noche

entrebierta. Quiere coger, La Alhambra

Y polvo abajo de la ladera

descorcharse el soplo de la España mora

Así que me perdone

El miedo de esmeralda

La costa de alegría

De la virgen Cipango dormida

Gauguín espeso pinta la silueta

de la isla sumergida.

Pianistas rurales


ciudad flotante

Ciudad flotante 35x45. Francisco José Suárez

 

Pianistas rurales


A veces es puntal

toca tres veces y se va

al final del estribillo la declaración

la reunificación de la familia Judicial

Judith, Juramento, Dictamen, Documento.

Todos doctores, hijos de pastores

pederastas y abuelos de sangre

de Ciudad Legisladores.

pueblo de abogados, fundadores

de la torre campanario: tum tum.

doce manialbos

tres recaudadores. A diez horas en tren,

de cualquier hito.

Dos leones bajan del campanario

le sigue Leucémica, la vicaria, la descompuesta

oferta favores cortos y se marcha

no tiene nada que hacer

la bastardía

viven en un pueblo blanco

aburrido, de mármol recostado

en un óseo papeleo de siestas

de árboles de sueldacostilla

e invernáculos sin sillas.

Se entera de rodillas. Se levanta la frente

se huele entre los papeles geográficos

maltratados y humedecidos. También sudan.

No hay orillas, todo está adentro y es desierto

y desea expandirse. Cuando quieran filmar el Sahara

vengan, hermanos del continente.

Se adoptan y vencen los miedos educándolos.

Se pretende.

Que se fuga.

Sólo la firma es útil.

Todo lo demás está agotado.

Mira el vacío y estira las patas

de la mesa. Ofrece varios platos

el menor de los serviciales

pianistas legalistas, estancieros.

Inconexos

Vera Gottliebe Anna Gräfin von Lehndorff-Steinort Veruskha. Cortesía: Uno de los Nuestros http://www.enkil.org/

Vera Gottliebe Anna Gräfin von Lehndorff-Steinort Veruskha. Cortesía: Uno de los Nuestros http://www.enkil.org/

Inconexos.

Pretendo abrazarlo. Lo sostengo de sus sienes, observo su frente humedecida. Se refleja en ella el cielo, otros cielos, el aire ese que ya no respiro, que recuerdo de lejos, el trasvase y el penoso silencio. Un lustro en que nos vimos muy contadas veces. Y aún así nos observamos ahora, con escarcha de frío en los párpados y balsas de lejanía en las campanillas. Aprisiono las suelas al piso para que no nos caigamos. Me sostengo de las valijas. Observo las baldosas negras y el techo rabioso de la noche. Tropezamos en los nombres propios. Lo arrojo a que se adapte a la nueva altura. Quisiera decirle algo, pero le escupo en el pecho gusanos y lenguas minúsculas.

Siento que se abre una puerta. Es trasera, inferior, adormecida. El marco de madera es enorme, nadie vigila las almohadas del container. Los cobradores piden tickets. El coche está del otro lado del gran pino. Recuerdo que no hay bosque, ni preámbulo. Todo es horriblemente urbano. La enorme lámpara halógena y sus zumbidos. Cinco minutos de viaje hasta casa, que no bastan para descubrir el estorbo. Hace tiempo que había matado a la voz nueva de mi interior clarividente. Las coristas de cabeza azul y las monjas esbeltas del sueño. Meto los cambios, son cuatro y uno de reversa. Es usual que sienta que olvido lo básico. Apretar y acelerar, marcha. Encendido y apagado, luz trasera. En cinco años no toqué un volante. No fui mecánico ni observé de frente al sol. Me llevaron, a nado, al faldón del estuario. La ladilla de isla misteriosa que nadie conocía sino por tontas referencias. Lo mismo que nada.

Descubro que extraño algo que no estuvo escondido. Cuando amanecen los días me confundo. Lo traigo por la avenida del campanario. Quiero que vea la silueta de luces. Hay tantas montañas, es oculto el paisaje, la masa. No es lo mío, si no entiendo no me doy por aludido. Orinábamos en las terrazas y alimentábamos peces. Las piedras gravitatorias. Tampoco era lo mío.

Me llamaba al teléfono cada vez que presentaba en público a una de sus hijas. En las casas sin palco, sin luneta, butacas, platea, que fungían de refugios experimentales. No me porté ingenuo, estaba aburrido. No decía nada. Lo felicité siempre que pude, al margen del espanto. Nunca nos bebimos una mísera cerveza juntos. Habría vomitado en su alcoba. Nunca compartimos una novia. No besaba, no sabía hacerlo. Las transfusiones sólo yo las tutelaba. El orador, el proxeneta mínimo. Estancado, escondido en un teatro. Un lustro entero de desconexiones. Así que pasen cinco años. Nunca más tendría el resabio de holgado. El resfrío cósmico, sin cálculo, capaz de soportar el fantasma molesto de lo viejo.

Me hice irascible, estancado. Pero lo miraba con una paz que él no tenía. Soportar te vuelve enorme, conforme e invisible. Es de aquellos a los que les gusta que los ahoguen en las tinas de baño. Sin perfumes, jabones de rosa, azulejadas. Que chorree el agua y revienten de opacidad los espejos. Es infiel, está desnudo. Presencia una soledad, estuve invernando. Nunca amaría la condición de un camionero. La red en la fuente de sus ojos. Tuvo espléndidos cristales. Se nos reventó la juventud en paralelo, y ambos lo negamos callando. Viaja, viene. Le abro la puerta, que se desarma. El níquel del manubrio no me refleja. Me invalida la condición de ese encuentro. Proximidad nunca. Vacío. Entre los dos existieron estribos, que aprovecharon para montar los otros.

Una amistad incompleta. A ambos nos desarmaba la pintura. Me escribía, le respondía. Fuimos epistolarmente cristalinos. Yo también imaginaba, recorría riesgos. No tuve infraestructura. Atravesamos un puente. Ahora él no la tiene. Llegamos a una casa, que supongo es mía. Me abre un obsequio, se lo agradezco, duerme. Al otro día desayunamos. Lo llevo a mi galería. Aquí no existe el transporte público. La gente se comunica picándose. Algo es esférico. El riego, la gravedad, el centro. Por los parques los juegos, las autoferocidades. Sueña que pinta. Le digo: venite. No pretendo, no tengo un galpón, un cupón, sólo un garaje sin puerto.

Me transformé, perdí, al final casi nada. En ese lapso nos vimos pocas veces. Siempre fue anfitrión. No cocinaba, no bebía, no hacía nada para mi, nada de eso. Improbabilidades. Una vez me mostró la ciudad, con cierto orgullo desvestía la languidez del puerto. Juraba que era eléctrica. Yo sé que es triste. Recapacitaba. Ahora orina y escupe. Siempre reconocimos a los imbéciles por sus siluetas. Se puede abrazar, nunca fue próximo. No fuimos amigos. Intento inventar lo que debió ocurrir en cinco años. Es como fabricar un golem de falso tiempo. Piernas, brazos, dedos. Jamás corazón. Le falta cocido. Se hornea a temperatura media. Los hijos, sus hijos, mis dedos. Jamás una charla, es un siglo dentro de una baulera. Crueldad, sigilo. Definiciones que no bastan. Nunca hubo desobligo ni agotamiento. Al final hay reencuentro, pero ninguno de los dos somos, ni nos esperábamos.

Revistas de arte

Revistas de Arte. Nouvelle

Integran la trilogía de novelas cortas:

-Revistas de arte

-Los circuitos independientes

-El curador transparente


Francisco José Suárez

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Geografía póstuma

enter

GEOGRAFÍA PÓSTUMA ( en un carrete de nieve)

Los árboles de Rancote

No podría haber soñado en vidas paralelas

viví enterrado en el aceite

del puerto de Rancote; ni orbitando

hacia el barrio de los decapitados

haberme abrazado al bostezo de ríos

congelados.

Ó acercarme a la rebelión interna

del hombre moderno.

El trazo de una narración desmejorada

con los últimos hilos de Inglaterra

como arpones,

ser devorado por la esfinge de Tycho Brahe,

o prenderle fuego al trapo de mi vida

para capturar un pez Corkwing.

La casa de fardos del lago se hunde

y el pasado del circulo de adioses

se inscribe temprano en la facción

de los niños que emigrarán.

El lecho de barro y un roble nos desintegran.

Es otra la silueta del Báltico

nos espera una ardua y deformada

ventisca de pájaros.

Negarán el norte

y el confín que arroja agujas de oro

se llevará a cuestas su otoño bancario.

Recuerdo aún al padre de todos los barcos

y a su cimiento.

No me engaño. Negar es crecer

cruzaré el mar tarde o temprano

y entonces, dos soles congelados

nos agradecerán no haber vivido

tras los ojos de otro silbato

o a la sombra de otro puerto.

Notas desde la estación postal (Birkenhead 1974)

Recuerdo el golpe de cuarzo

sobre el teclado: q w e r t y

el dedal de plata del agente

que besaba los sobres de carey

y marcaba los papeles y la tinta

con una inscripción diminuta

como el paraíso que soñabas.

La humedad del depósito

la fabrica de aceite de linaza

el astillero de piedra lisa.

Los hombres que al entrar decían: niebla

y las mujeres que respondían: vapor.

La soledad del globo se oprimía en cada carta

el tétano escapaba de los marineros

como la gripe huyó de la reina Victoria.

Un empleado doblaba mi bufanda descarrilada

mientras el sujeto que razonó conmigo

sobre el precio de las últimas estampillas francesas

promocionaba un crucero a una Antártida más fría

de canales invertidos en la entraña del océano,

y repartía ejemplares imantados

del semanario: journal du Tanatlántida,

Reyes portugueses y genoveses

sumergidos, muertos bajo la guerra del mundo.

Escuchaba el relato y me abrazaba

a los guantes de piel de vagina

de un comerciante de nueces.

No olvido las doce mentes útiles

que abordaron esa noche el buque Estuardo II.

Canción en el faro

Mueren las islas del mundo

danzamos en tinieblas

nos abrazamos al cuerpo del faro

trepamos los huecos peldaños,

las ideas universales son aristas

que sueñan en fango,

decidimos arrojarnos de manos

al moho del acantilado.

Los corsés de desesperanza

se rellenan de tortugas elementales

una calle se frota la laringe,

en ciudades como ésta se delinque.

El caparazón de la hiedra

se pone de noche un viejo calzón

jaibas pellizcan nuestros esófagos,

son las calles dañadas las que me adormecen

los hombres fingimos parecernos

en nuestro brutal travestismo,

dos policías han jugado a ser iguales,

en puertos como éste se perdonan.

Me cuesta pensar en aventuras universales,

no existe nada que no sobreviva

al disparo de dos semejantes

nada que no paseé a un costado

del patio de mi casa.

Tres destinos

Al terminar la imberbe década

tu cinismo curvó en la esquina de Openpark

y te lanzaste a matar peatones descalzos.

Los demás jugamos a la Cruz Roja,

gritamos porque quisimos sacarte el espino,

pero tu herida hemingweiana mordió la vena del ano

de una serpiente emplumada,

y toda la cultura se cayó de rodillas en Tlatelolco.

Entendimos que la vista está hecha de celdas de cera

y los tendones son vacíos como troncos de bambú,

observamos cómo el Internet operó al mundo de un falso noúmeno

cenamos con doce celíacos que se rieron de la especia portuaria.

El contexto: Los obreros de Cadinot repararon el entronque: Liliput, Florencia, Cartago.

Recorté del pasado. -En una vida caben cientos de poderes abiertos-

Fuimos himnos que no se reconocieron

Antes de enfermarme escribía en el Rancote News.

Se ha puesto música para tapar los gritos:

estamos oficialmente descompuestos.

No me río. Los años nos despiden

no hay nadie que quiera continuar con el dibujo

la silueta de tu carrera en el arco de una puerta

si Sansón regresaría, los mitos nos mirarían

a la cara. Y el legado universal nos señalaría:

ladrones.


Deshago

 

http://www.martinstranka.com/

Martín Stranka

Fotografía de Martín Stranka: http://www.martinstranka.com  Cortesía: Uno de los nuestros: http://enkil.wordpress.com

Hemisferio

Yerran,

perro y amo,

recorren en círculos, sin infinito

por el país aún no poblado,

en la región del cadalso se han quedado.

Los hombres se acumulan

en el vapor de la neblina

crece la vastedad que

sólo después se pregunta por el sentido

recobrado.

Deseo dominar mis deseos,

noche estrellada de la densidad

del rojo y el espeso

Hemisferio sur.

Ausente infinito de promesas

el país del cadalso.

——————————————————-

perdimos

No sé  del amor cuando

se pasea libre

la tierra encadena;

ni sé de qué modo te trata

o confunde, ahora perdida.

Quise en formas móviles

nunca esperé

y quizá por esa desocupación,

recuerde tu nombre claro en un beso.

Traición es cada retirada

abandonar los cuerpos, poco o nada

la carne es a la deriva.

Si vagas por el mundo

pregúntate lo mismo,

ya sabes que el regreso

es penumbra imposible

que nada que se pretende

se puede confrontar

así como miraste aquella tarde

los ojos de la negra

inmensa vastedad.

Me quiero quedar solo

con el río a mis espaldas

y a la deriva tus ojos.

Que nadie diga nunca

que no quisimos

posados a la vera

el triste protocolo

rumor del río

al devorarnos.

Soy aquello que pastea

a la vera del camino

sin devolverte la mirada.

—————————————————

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Borrador y después…


Presento un texto incompleto y desprolijo, el echo es que creo en el ejercicio inconcluso, no porque desconozca lo otro. Me basta con que se pueda entender, que sea claro. Tampoco me gusta la anécdota y la evito lo más que puedo, pero todos los blogs son anecdotarios, señalan un punto temporal de referencia, y en esa lógica me remito a explicar el porqué del borrador.

Aunque conozco la lengua, me ha dado unos cuantos problemas la traducción de algunos párrafos del francés, indispensables para el funcionamiento del conjunto del texto, que le pertenecen a mi querido amigo Jacques Bossuet. De todos modos es un borrador y un fragmento, de un enemigo de la perfección. Que corregiré tanto como sea necesario. Puedo adelantar que, algunas decenas de páginas más adelante, sucederán hechos que nos conciernen a todos.


La fotografía le pertenece a Mitchell Funk (Nueva York, 1950) Cortesía de Uno de los nuestros. http://enkil.wordpress.com

Uno de los nuestros

Michael Funk (Nueva York, 1950) Cortesía: Uno de los nuestros

Quien no ha escuchado la voz del río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires. Leopoldo Marechal. Adán Buenosayres.

 


El sur es un territorio de cuchillos

Nunca rendí un final en ojotas. Dejé de pensar en las fórmulas que emplean los docentes para calcular el riesgo de clavarse profundo las dagas del status quo. Pobres de los alumnos que caen siempre de pie sobre los corredores de Puán, y les perdonan el despilfarro de tiempo a cambio de un papel certificado. Uno debe recibirse afectado, como quien no se recupera.

Mi vida está archivada sin junturas ni pertenencias. Me levanto, cada vez más lejos y más torpe. Me sorprende la enorme terquedad que me define. Mi pasado está arrojado en un depósito sin nombre. Nunca menciono las partes en movimiento. A veces me río de la sutileza con que una época nociva reemplaza a otra peor, como las capas en un texto.

Fui periodista judicial. Los políticos y magistrados se caían al abismo del descrédito y uno podía palpar el vértigo y escuchar desde el borde sus lamentaciones. Pasé varias jornadas de reportero en el edificio de la Corte Suprema de Justicia, con el gas lacrimógeno que ascendía desde las calles. Una tarde, subí a la terraza y escalé la base del pedestal de la antena de comunicaciones. Me puse a otear la ciudad, el enorme descampado y el cielo azul celeste. Pensé que merecía otra cosa.

A los pocos meses despegué. Aún tengo miedo a las alturas, pero también un deseo de flotar sin prisa. El mito de las estatuas de sal sigue jodiendo dentro de mi cabeza. No miro hacia atrás pero tampoco me escapo. Aceleré el paso para dejar de ser joven, y hoy, que casi llego a la frontera, me siento despojado y tranquilo, de la delgadez necesaria como para pasar por entre los cuchillos sin clavarme.

Todos mis romances fueron breves. Alguna vez expuse en una galería. En mi taller preparaba proyectos de arte poco concretables, que luego aparecían fraccionados en series, como el archivo que nunca organicé de mi existencia.

Los libros me afectaron en lo más íntimo. Pensar que uno es susceptible a bruñirse y adulterarse en el choque con el relato. El Hombre que lo tenía todo todo todo sigue atrapado dentro mío. Frágil e imantado, atrae objetos punzantes que chocan contra mi pecho cuando han querido impactar en contra suyo.

Hace unas semanas visité Costa Turbia. Me hospedé en un hostel de una planta con comedor y servicio de lavandería. La habitación daba al mar. El termotanque se parecía a un globo de medición climática pintado en esmalte naranja. A un costado del recibidor un mural hecho con restos de comida y huesos de pavo pretendía desviar la atención del área de la cocina.

Durante una de mis caminatas por la playa me encontré con un grupo de pescadores locales que bromeaban sobre algo insólito. Cuando me despedí me obsequiaron una fracción de la pesca del día. Al volver al hostel hice que lavaran el pescado, también parecido a un globo, y que lo prepararan para la cena. Aquellos hombres me conmovieron.

La muerte me parece sincera, la vida agotadora. El regreso al jardín, imposible, -Razonaba. En mi textos no hay escenarios, no hay lugares, los sitios se niegan los datos escasean, los personajes no explican. Las referencias son ecos que aluden a la ubicación de un fresno en la nada, sin que el árbol esté presente ni pueda vivir. Es la referencia y la especulación lo único importante que ocurre en un primer plano.

Detesto el costumbrismo, los espejos y las sombras. Amo a las mujeres viejas, robustas y empecinadas de los relatos de género. Son un verdadero triunfo de las letras norteamericanas. Francas e intransigentes se desvisten. Los hombres no refutan demasiado, y entienden que su lugar está en la esquina más mínima del deseo y del destino.

Mientras comía, pensé en el error de mis colegas: disparar entre la multitud para inventar la obviedad. Yo tengo una versión de todo esto que está invadida de otros motivos. No obstante, nunca pude contestarme. ¿Ser artista es acudir?. Siento que en la propia diversidad hay un orden de elementos que acuden y que a veces, muy sigilosamente, te contestan.

El echo es que al poco rato de ingerir aquel pescado con forma de globo comencé a sentir un terrible malestar en el estómago. Si me hiere es porque me sirve -Me consolé. Pero estaba enfermando en medio de la nada, sin nadie competente a quien acudir por ayuda. Podrá sonar pretencioso, pero siempre pensé que la literatura ocupaba un lugar parecido al del médico de guerra, equipado con poco y sin campamento, que lleva consigo la retaliación física.

Improvisé de la mejor manera posible un quirófano en una de las habitaciones del hostel. Acomodé varios cuchillos y los herví. Poco antes de absorberme en el gran dolor progresivo, me recosté sobre la camilla y comencé la intervención. Rara vez rasgué con el filo del bisturí un órgano jerárquico. Aunque sedado, pude observarme tendido y descubierto, en la amplitud de varias mesas individuales de níquel, que mantenían en equilibrio mis vasos comunicantes y filtraban mi sangre a través de innumerables esporas mecánicas hacia recipientes contenedores de helado.

Siempre fui inmune a cualquier tipo de anestesia. En el pasado me habría importado la separación. La hábil dislocación de mis órganos sin su desmembramiento, que me permitió identificar un patrón indistinto al de otros seres humanos, al que respondía la gravedad de mi padecimiento. Inmóvil y dispuesto a la voluntaria experimentación, me reía con la muda paciencia de un anciano. Había un principio básico: enfermé porque me alimenté.

Ausculté más en lo profundo y detecté un puerto. Una rara ciudad hecha de olvido y un río mar de color plata que la fustiga. Observé un verano adolescente en Birkenhead que creía extraviado. Estaba intacta mi última caída en la bicicleta de montaña, que marcó de modo extraño mi regreso a los libros.

Al cabo de unas horas de meter mano en mi propia fisonomía, descubrí una región transparente. Un islote que el delta aún no había consolidado. El reflejo del sol en el agua. La orilla bajo las sombras de los árboles. Sebastián, que en el borde del pantano extraía ramas y castañas para la fogata. El astrólogo Adler que encendía con torpeza las brasas. El pasto suave y fresco en el cual habíamos abandonado los zapatos. La arena de tono mostaza. Los brazos del río, que conducen al largo río; y su música.

El arroyo La Infancia de Troy, que separa el islote en dos linderos idénticos. La casa de madera con chimenea. Curioso e insólito desde mi punto de observación. Ana María terminó de dar de comer a los perros y caminó en mi dirección, pero antes se detuvo en uno de los árboles, se desvistió y se sentó a orinar entre las hierbas. Primero besó a Sebastián, luego me besó a mí, y yo se lo devolví con lengua. El Astrólogo sonrió mientras saló la carne y la arrojó a las brasas.

Mientras almorzamos, Adler narró la historia de Troy, que fue de todos sus perros el de mayor leyenda. Permaneció en la familia por más de noventa años, fue en sí mismo la historia no ficcionada del país. No murió de viejo, sino que al quedar ciego decidió por voluntad propia ir a lo profundo del río. El pequeño canal de agua fue bautizado así. La infancia de Troy debió durar, sin alterar los hechos, cerca de tres décadas.

Para cuando Adler abrió una botella de vino, el sol palideció y empezaron a llegar las multitudes, en lanchas, desde el Tigre. La intromisión ocurrió miles de grados lejos de las formas puras, pero en alegre coordinación. Cientos de jóvenes acudieron al islote para escuchar las palabras del Astrólogo. Se sentaron y especularon con nosotros. Los territorios de cruce, invisibles. Las ideas al viento como el viento en el viento y hacia el viento. La especulación como estrategia, y la referencia sesgada como solución discursiva al problema del territorio. El lenguaje despojado de sus límites y abierto, en la equilibrada contemplación de sus potencias.

FJS. ©. Fotografía del autor.
Retozo, originally uploaded by francis3000.

Lo irreconciliable.

La necesidad surgió de la irrealización. Cuando lo imposible cercó la realidad y terminé por desmantelar las viejas y arraigadas expectativas que había levantado, con voluntad o torpeza. La retirada pasiva e introspectiva que uno asume cuando descubre que ese tramado ha hecho de nosotros menos carne del cálculo y más razón del azar.

 

Cuando uno insiste e insiste en hablar con seriedad y convencimiento sobre lo que no ocurrió, con un deseo testarudo de ingresar en la trama de las cosas, con una estrategia de lógica disolvente, para intentar desprender respuestas tangibles. Pienso en la desilusión de un niño que recibe del mar una botella con un mensaje coherente, que parece decir algo, pero que no puede entenderlo, y que recorre a la ayuda de terceros, también incapaces de descifrarlo. Algo que el tiempo no hace es respondernos. Y uno hace lo imposible por intentar acceder a un ordenamiento que no sea acorde al del escenario que tenemos al frente y al cual no podremos renunciar, que nos domina.

 

La suerte derrotada del frustrado dialoga en lo más íntimo, con ironía y paciencia. Hay mucho tiempo para imaginar cuando lo que se ha buscado con insistencia ya está fuera de juego y se ha fracturado definitivamente. Se nos ofrece un escenario de consuelo que se emparenta más con la idea de vacación y de recreo, con la promesa que uno concreta al volver. Regresar hacia adelante, hacia un costado, hacia un carril diferente. En tanto que las partes se sientan a charlar en una plaza abierta. Mitigar de alguna manera el misterio. Es la consolidación del derrotado. El juego de las posibilidades en virtud del consumo lento, del paso asimétrico del tiempo.

 

Imagino ahora mis expectativas, recuerdo la hechura de mis deseos íntimos, entre pasillos áridos y fríos. Recuerdo mi cuerpo como un organismo de cascarón endeble y temeroso, atrapado en la gruta, liberado al poco tiempo por la fuerza interna, el sosiego. El lugar que me interesa es el de lo irreconciliable, como punto de obligado cruce de los instintos. Pienso en el abrazo que no se recupera. En el domino, al menos ideario, de las formas. En la fuga y en las cosas que intentan el regreso, pero que no pueden chocar, y se condenan a una suerte de evasión infinita.

 

Fontenelle describió a la fábula como el relato de los errores de la humanidad. Yo me imagino siendo una de sus partes, en pleno despliegue. Acudir al llamado de los otros componentes, en una cadena de mando infalible y fogosa, como un motor de fábrica reciclado que ha vuelto a funcionar. Me alegro del error, de haberme equivocado. Amo Buenos Aires porque me representa la caída, el descubrimiento de las formas más puras, por medio de la risa y el juego, que no acaba, como ocurre con lo que se reconoce, que se confunde y estorba y al tiempo desaparece. Tropiezan y se agreden las heridas. Se atreven al silencio y se superan. Lo que es del misterio es irreconciliable.

(Ilustración: Terry Rodgers. Cortesía: Uno de los nuestros: www.enkil.wordpress.com)

 

El peso

 

Hoy liberé el lastre. No experimenté miedo. Quise caer del borde al abismo, al territorio de la melancolía, sin pretender retornar al balance. Cuando la brisa me hizo devenir extraño, pero no ajeno ni ahogado, todos los sentimientos se afinaron. La aventura derivó en léxico, mapa y destino. El viaje está completado a medias, finalizado en parte, descubierto. Desaté el peso, y a medida que obtengo velocidad, grito una frase vacía y trono mis dedos seis veces, en virtud de obviar el saldo: tardó demasiado y salió mal.

Un grito siniestro en una plaza abierta, que agota el aire y ensordece. La proximidad del confín ya no me señala una promesa. No pesa más el mundillo de expectativas. Hoy dejé que las intuiciones reemplazaran lo concreto. Cuando la velocidad es una vía de escape el cerco de definiciones se desvanece y las circunstancias luchan en favor del desenlace.

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